Reflexión sobre el Evangelio de Hoy (Marcos 9;38-40)

Imitemos el amor inmenso de Jesús mismo, modelo supremo de amor hacia su Iglesia. Sin duda, la esposa de Cristo, la Iglesia, es única. Sin embargo, el amor del divino Esposo se extiende con largueza, de manera que, sin excluir a nadie, abraza en su Esposa al género humano entero. Nuestro Salvador ha derramado su sangre para reconciliar con Dios, por medio de la cruz, a toda la humanidad, incluso a los que están separados por la nación y por la sangre, y reunirlos en un solo Cuerpo. El auténtico amor de la Iglesia exige, pues, que no sólo estemos en el Cuerpo mismo miembros los unos de los otros, llenos de solicitud los unos por los otros (Rm 12,5) alegrándonos si un miembro es honrado y sufrir con el miembro que sufre (1Cor 12,26) sino que nos exige también que reconozcamos en los otros hombres, todavía no incorporados al Cuerpo de la Iglesia, a los hermanos de Cristo según la carne, llamados con nosotros a la misma salvación eterna.

Sin duda, no falta quienes, desgraciadamente, sobre todo hoy, utilizan con orgullo la lucha, el odio, la envidia como medios para sublevar y de exaltar la dignidad y la fuerza de la persona humana. Pero nosotros, que reconocemos gracias al discernimiento, los frutos lamentables de esta doctrina, seguimos a nuestro Rey pacífico que nos ha enseñado no solamente amar a los que no son de los nuestros, de nuestra nación ni de nuestro origen (Lc 10,33ss) sino de amar incluso a nuestros enemigos (Lc 6,27ss). Celebremos con San Pablo, el apóstol de los gentiles, la anchura, la longitud, la altura y la profundidad del amor de Cristo. (Ef 3,18), amor que la diversidad de los pueblos y de las costumbres no puede romper, que el océano inmenso no puede disminuir, que ni siquiera las guerras, justas o injustas, pueden aniquilar.
Venerable Pio XII. Encíclica “Mystici Corporis Christi”

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