Reflexión sobre el Evangelio de Hoy (Marcos 12;18-27)

«Para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de vivos y muertos» (Rm 14,9); «Dios no es Dios de muertos sino de vivos». Puesto que el Señor de muertos está vivo, los muertos ya no están muertos sino vivos; la vida reina en ellos para que vivan y no teman ya la muerte, al igual que «Cristo, resucitado de entre los muertos, ya no muere más» (Rm 6,9). Resucitados y librados de la corrupción, ya no verán más la muerte; participarán en la resurrección de Cristo tal como él mismo ha participado de su muerte. En efecto, si vino a la tierra, hasta entonces hecha prisión eterna, es para «quebrar las puertas de bronce y romper los cerrojos de hierro» (Is 45,2), para sacar nuestra vida de la corrupción atrayéndola a él, y darnos libertad allí donde había esclavitud.

Si este plan de salvación no está todavía plenamente realizado, porque los hombres siguen muriendo y sus cuerpos son disgregados por la muerte, esto no debe ser motivo de increencia. Nosotros hemos recibido ya los primeros frutos de la promesa que se nos ha dado en la persona de aquel que es el primer nacido…: «Nos ha resucitado con Cristo Jesús y nos ha sentado en el cielo con él» (Ef 2,6). Alcanzaremos la plena realización de esta promesa cuando vendrá el tiempo fijado por el Padre, cuando nos despojaremos de la infancia y llegaremos «al estado del hombre perfecto» (Ef 4,13). Porque el Padre ha querido que permanezca firme el don que nos ha hecho…el apóstol Pablo lo declaró, porque sabía bien que esta verdad llegaría a todo el género humano por Cristo quien «transformará nuestros pobres cuerpos según la imagen de su cuerpo glorioso» (Flp 3,21)… El cuerpo glorioso de Cristo no es diferente al cuerpo «que se siembra animal, sin valor» (1C 15,43); es el mismo cuerpo cambiado en gloria. Eso que Cristo ha realizado llevando al Padre su propia humanidad, prototipo de nuestra naturaleza, lo hará con toda la humanidad según su promesa: «Cuando seré elevado de la tierra atraeré a todos hacia mi» (Jn 12,32).

San Anastasio de Antioquía. Homilía 5, sobre la Resurrección; PG 89, 1358

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