Novena en Honor a la Inmaculada Concepción de María:5 de diciembre. OBEDIENCIA: “¿No sabíais que es necesario que yo esté en las cosas de mi Padre?”.

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5 de diciembre. OBEDIENCIA: “¿No sabíais que es necesario que yo esté en las cosas de mi Padre?”.

Oración inicial: Oh Dios, que con la ayuda del Espíritu Santo preparaste el cuerpo y el alma de la Virgen María para que fuera digna morada de tu Hijo Jesús, ayúdame a mí también durante estos nueve días a purificar más mi alma de modo que Jesús esté más contento de mí. Madre mía, Inmaculada, San José mi Padre y Señor, Ángel de mi guarda, interceded por mí.

“Sus padres iban todos los años a Jerusalén para la fiesta de la Pascua. Y cuando tuvo doce años, subieron a la fiesta, como era costumbre. Pasados aquellos días, al regresar, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo advirtiesen sus padres. Suponiendo que iba en la caravana, hicieron un día de camino buscándolo entre los parientes y conocidos, y como no lo encontrasen, retornaron a Jerusalén en busca suya. Y ocurrió que, al cabo de tres días, lo encontraron en el Templo, sentado en medio de los doctores, escuchándoles y preguntándoles. Cuantos le oían quedaban admirados de su sabiduría y de sus respuestas. Al verlo se maravillaron, y le dijo su madre: Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira cómo tu padre y yo, angustiados, te buscábamos. Y él les dijo: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que es necesario que yo esté en las cosas de mi Padre? Pero ellos no comprendieron lo que les dijo. Y bajó con ellos, y vino a Nazaret, y les estaba sujeto. Y su madre guardaba todas estas cosas en su corazón” (Lc 2, 41-51).

Jesús tiene doce o trece años cuando sube con sus padres a Jerusalén para celebrar la Pascua. Tras la fiesta, José y María lo han perdido de vista pero, pensando que está en la caravana con el resto de sus parientes, emprenden el camino de regreso. Pronto se dan cuenta de que Jesús no va con ellos. Vuelven entonces angustiados a Jerusalén y se pasan tres días buscándole.

Jesús, a mi me gustaría que, si alguna vez te pierdo por el pecado, salga en tu búsqueda con la misma prontitud que José y María; que recupere rápidamente tu presencia en mi alma a través de la confesión.

Al fin lo encuentran. Estaba “en el Templo, sentado en medio de los doctores, escuchándoles y preguntándoles”. María, de nuevo sorprendida, le pregunta con cariño: “Hijo, ¿por qué nos has hecho esto?”, que es distinto de “¿por qué me has hecho esto? Aunque Ella haya sufrido, y quizás más que José, piensa siempre en los demás.

Jesús, a veces cuando pierdo la paz y me angustio, pierdo de vista que los que me rodean también pueden tener sus problemas. Haz que, en medio de las contradicciones, no me olvide nunca de los demás.

La respuesta de Jesús sorprende de nuevo a María. “¿No sabíais que es necesario que yo esté en las cosas de mi Padre?”; es decir, ¿no sabíais que es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres? Qué bien entendieron esto los Apóstoles cuando, después de la Resurrección, ante las amenazas del Sumo Sacerdote y del Sanedrín para que no difundieran más el cristianismo, les respondieron con esas mismas palabras: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”.

No es que Jesús dijese a sus padres que ya no les iba a obedecer. De hecho el Evangelio nos cuenta que, acto seguido, “les estaba sujeto”; es decir, que les obedecía. Simplemente, quiso aprovechar el suceso para recordar un orden de prioridades: que la obediencia a ellos está detrás de la que debemos a Dios.

Para examinarte delante de Dios:

¿Cumplo con amor todos los mandamientos de la ley de Dios y los de su Santa Iglesia?

¿Obedezco a la primera y con buena cara a mis padres y superiores?

¿Cuando no entiendo algo que me mandan procuro, como la Virgen, hablarlo con Dios?

Oración final: María, Madre de gracia, Madre de piedad y de misericordia defiéndenos de nuestros enemigos y ampáranos ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

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