Novena en Honor a la Inmaculada Concepción de María: 4 de Diciembre. SACRIFICIO: “Una espada traspasará tu alma”.

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4 de diciembre. SACRIFICIO: “Una espada traspasará tu alma”.

Oración inicial: Oh Dios, que con la ayuda del Espíritu Santo preparaste el cuerpo y el alma de la Virgen María para que fuera digna morada de tu Hijo Jesús, ayúdame a mí también durante estos nueve días a purificar más mi alma de modo que Jesús esté más contento de mí. Madre mía, Inmaculada, San José mi Padre y Señor, Ángel de mi guarda, interceded por mí.

“Había por entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón. Este hombre, justo y temeroso de Dios, esperaba la consolación de Israel, y el Espíritu Santo estaba en él. Había recibido la revelación del Espíritu Santo de que no moriría antes de ver al Cristo del Señor. Así, vino al Templo movido por el Espíritu. Y al entrar con el niño Jesús sus padres, para cumplir lo que prescribía la Ley sobre él, lo tomó en sus brazos, y bendijo a Dios diciendo: Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz, según tu palabra: porque mis ojos han visto a tu Salvador, al que has preparado ante la faz de todos los pueblos: luz que ilumine a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel. Su padre y su madre estaban admirados por las cosas que se decían acerca de él. Simeón los bendijo, y dijo a María, su madre: Mira, éste ha sido puesto para ruina y resurrección de muchos en Israel, y para signo de contradicción y una espada traspasará tu alma, a fin de que se descubran los pensamientos de muchos corazones” (Lc 2, 25-35).

José y María se acercan con el Niño al Templo. La Virgen tiene, según la ley judía, que purificarse. Ella, que es la Inmaculada, no necesita purificarse pero obedece lo que está previsto. Allí se encuentran con un anciano de nombre Simeón. Dios le había revelado que no moriría sin ver antes al Mesías. Por eso, cuando toma al Niño en sus brazos, siente que ese momento ha llegado y exclama:”Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz, según tu palabra: porque mis ojos han visto a tu Salvador”. Simeón también buscaba el rostro de Dios y Dios le concedió verlo. Además lo reconoce como quien es: el Salvador de los hombres.

Acto seguido dirige a María unas palabras proféticas. Estamos ante otra de esas “sorpresas” divinas; sin embargo ésta tiene un sabor amargo. A la alegría y admiración de María al ver la cara de Simeón se une el anuncio de un gran dolor. Curiosamente, alegría y dolor se unen una vez más en su alma: ambos están más cerca de lo que, a veces, pensamos pues, en el fondo, el amor es para el sacrificio.

Simeón anuncia a María el dolor que padecerá al pie de la Cruz al contemplar la muerte de su Hijo, la huída de casi todos los apóstoles, los insultos del pueblo judío, la flagelación y la coronación de espinas por parte de los soldados romanos… Es la hora de la gran prueba. Jesús está solo. Lo abandonan también todos aquellos que se habían beneficiado de sus milagros: cojos, ciegos, leprosos, etc. Es el fracaso del amor de Dios por los hombres; pero se trata sólo de un fracaso aparente. Cristo vence en la Cruz. Su muerte nos rescata del pecado. Él muere para que nosotros no pequemos más y, un día, resucitemos con Él.

Jesús, ayúdame a ser fiel en el dolor, ante los problemas y también cuando las cosas no salen como yo quiero. Que yo imite en esto a tu Madre.

María sabe que Dios prueba así el amor de sus amigos preferidos. A los que Él más quiere, a veces, los purifica más. Ellos aguantan y sufren en silencio porque Dios les ha hecho entender el valor de sacrificio escondido y silencioso. Y así, de su conducta, Él puede sacar más bienes para todo el mundo.

Para examinarte delante de Dios:

¿Afronto el dolor y las dificultades con buena cara?

¿Procuro ofrecer a Dios todos los días pequeños sacrificios?

¿Me acuerdo cuando asisto a Misa de unir al sacrificio de Cristo en la Cruz todas los problemas y contradicciones que en ese momento tengo?

Oración final: María, Madre de gracia, Madre de piedad y de misericordia defiéndenos de nuestros enemigos y ampáranos ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

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