El pasado viernes 10 de diciembre el Instituto Senda estuvo celebrando la aparición de Nuestra Señora de Guadalupe con emotiva misa celebrada en su honor por su capellán, Pbro. Marco Antonio Acuña y en la cual asistieron los alumnos llevando una flor para la Vírgen. El sacerdote aprovechó la ocasión para interactuar con ellos respecto a las diferentes apariciones de la Virgen a Juan Diego y recordarles la importancia que esto tuvo para nosotros los mexicanos. Al finalizar la ceremonia, la maestra Zaida Mendoza procedió a encender la tercera vela de la Corona de Adviento correspondiente al tercer domingo de adviento y en donde los presentes participan con sus cantos.
El Papa: María, primera y más perfecta discípula de Jesús
María es la flor más hermosa que brota de la creación, el corazón espiritual de la Comunidad cristiana originaria, la Madre y el modelo de la Iglesia, la primera y más perfecta discípula de Jesús. Lo ha dicho el Papa esta mañana en la plaza de San Pedro, antes de recitar la oración mariana del Regina Coeli, recordando la tradición de la Iglesia de dedicar el mes de mayo a la Virgen María. María de hecho, fue la primera en observar plenamente la palabra de su Hijo, demostrando de este modo que lo amaba no sólo como madre, sino incluso antes como sierva humilde y obediente; por eso Dios Padre la amó y en ella se asentó la Santísima Trinidad.
La ternura del Rostro de Dios
La mañana del 1° de enero de 2010, Solemnidad de María Santísima Madre de Dios y XLIII Jornada Mundial de la Paz, el Papa presidió la Celebración Eucarística en la Basílica de San Pedro en presencia de numerosísimos fieles. El Santo Padre reflexionó sobre el Rostro de Dios y el rostro de los hombres, presentando el pasaje bíblico como una progresiva revelación del Rostro de Dios que llega a su plena manifestación en Jesucristo. Seguidamente ofreció una sugestiva imagen: Entre las diversas tipologías de iconos de la Virgen María en la tradición bizantina, está la de ternura, que representa al niño Jesús con la cara apoyada -mejilla con mejilla- la de la Madre.
Nuevo Récord de Peregrinos en las Fiestas de la Virgen de Guadalupe: Más de Seis Millones, Superando la Cifra del Año Precedente
Según cifras oficiales, dadas a conocer el sábado 12 Diciembre 2009, por la noche, la Basílica de Guadalupe recibió de 6 millones 128 personas entre el 11 y el 12 de Diciembre por la tarde, en el aniversario número 478 de las apariciones de la Virgen de San Juan Diego, en el cerro del Tepeyac, al oriente de la Ciudad de México.
El llamado “acontecimiento guadalupano” lejos de decrecer en el ánimo de los fieles mexicanos, va en constante ascenso. La cifra de peregrinos al santuario del Tepeyac podría llegar a los 6.5 millones de personas en tan solo dos días que son considerados como los días centrales del calendario religioso de un pueblo cuya raíz indígena y cristiana representa y acrisola Santa María de Guadalupe.
Esta cifra rompió el récord histórico de asistencia al santuario del Tepeyac, que se registró durante las celebraciones de 2008, con 6 millones de peregrinos asistiendo al santuario a orar y a pedir la intercesión de la Virgen. Una encuesta reciente demuestra que uno de cada cuatro mexicanos manifiesta haber recibido un favor o un milagro por parte de la “Morenita”, patrona continental y coronada como reina de México.
Peregrinaciones de todos los rincones de México, algunas de Centro América y otras de los Estados Unidos, se unieron a la fiesta donde conviven danzas indígenas y rituales prehispánicos con conmovedoras escenas de fieles que van de rodillas hasta el altar de la Basílica que se encuentra debajo de la imagen sagrada que dejó en la tilma (capa) de Juan Diego la Virgen en aquél 12 de diciembre de 1531, cuando el mensajero entregó la evidencia de las rosas a fray Juan de Zumárraga, primer obispo de México.
En la madrugada del 12 de diciembre, un millón de personas se acercaron al atrio y al interior de la Basílica para entonar las “Mañanitas”, canto tradicional mexicano mediante el cual se festeja a quienes cumplen años o celebran su santo. En prácticamente todas las iglesias del país se repitió el canto, pues en México el 12 de diciembre es día de precepto.
Durante la celebración y el canto a la Virgen de la madrugada del 11 al 12 de Diciembre, el rector de la Basílica de Guadalupe, monseñor Diego Monroy Ponce, pidió a los fieles católicos que asistieron a visitar a la Virgen suplicarle a ella por el país que “se nos desmorona entre las manos cuando la violencia, la corrupción, la justicia, la impunidad, el narcotráfico nos alcanza, lastima y desintegra.”
“Que nuestros pobres no se conformen a vivir de limosnas, sino más bien a vivir con lo que les pertenece fruto de su esfuerzo y trabajo. Que entendamos todos, pero más nuestras autoridades, que sólo podemos construir un mundo más en concordia, justicia, equidad y paz, desde la fraternidad y la solidaridad”, dijo el rector de la Basílica, monseñor Monroy Ponce.
Tras “Las malanitas”, Monroy Ponce volvió a hacer un llamado por la unidad de los mexicanos y oró porque ésta se produzca en tiempos en los que las crisis recurrentes parecen golpear el fondo del corazón del país con el segundo número mayor de católicos en el mundo.
“Seamos para los demás, dijo el rector de la Insigne y Nacional Basílica de Guadalupe, démonos a ellos, construyámosle a nuestra Niña y muchachita un México de valores, donde se ame y respete la vida, donde la familia como célula vital de la sociedad tenga el lugar privilegiado que le corresponde ante tantas realidades que pretenden opacarla y debilitarla”.
Y finalizó con una oración-petición: “Tú señora, niña nuestra, conoces muy bien las dificultades que nos aquejan, mantennos en la esperanza. Tú sabes bien la situación social y religiosa por la que pasamos, que a nadie falte por razones políticas, sociales, culturales o económicas el acceso a la salud, al trabajo, al conocimiento, al desarrollo, al descanso, al don inapreciable de la paz”.
Crecen feligreses de San Juan Diego
Más de 20 mil feligreses visitan cada año el santuario del Cerrito.

San Juan Diego Cuauhtlatoatzin
(1474-1548)
« su confianza en Dios y en la Virgen;
su caridad, su coherencia moral,
su desprendimiento y su pobreza evangélica.
Llevando una vida de eremita, aquí, cerca deL
Tepeyac, fue ejemplo de humildad.»
Juan Pablo II, 6 de mayo de 1990
Su Historia
El Beato Juan Diego, que en 1990 Vuestra Santidad llamó «el confidente de la dulce Señora del Tepeyac» (L’Osservatore Romano, 7-8 maggio 1990, p. 5), según una tradición bien documentada nació en 1474 en Cuauhtitlán, entonces reino de Texcoco, perteneciente a la etnia de los chichimecas.Se llamaba Cuauhtlatoatzin, que en su lengua materna significaba «Águila que habla», o «El que habla con un águila».
Ya adulto y padre de familia, atraído por la doctrina de los PP. Franciscanos llegados a México en 1524, recibió el bautismo junto con su esposa María Lucía. Celebrado el matrimonio cristiano, vivió castamente hasta la muerte de su esposa, fallecida en 1529. Hombre de fe, fue coherente con sus obligaciones bautismales, nutriendo regularmente su unión con Dios mediante la eucaristía y el estudio del catecismo.
El 9 de diciembre de 1531, mientras se dirigía a pie a Tlatelolco, en un lugar denominado Tepeyac, tuvo una aparición de María Santísima, que se le presentó como «la perfecta siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios». La Virgen le encargó que en su nombre pidiese al Obispo capitalino el franciscano Juan de Zumárraga, la construcción de una iglesia en el lugar de la aparición. Y como el Obispo no aceptase la idea, la Virgen le pidió que insistiese. Al día siguiente, domingo, Juan Diego volvió a encontrar al Prelado, quien lo examinó en la doctrina cristiana y le pidió pruebas objetivas en confirmación del prodigio.
El 12 de diciembre, martes, mientras el Beato se dirigía de nuevo a la Ciudad, la Virgen se le volvió a presentar y le consoló, invitándole a subir hasta la cima de la colina de Tepeyac para recoger flores y traérselas a ella. No obstante la fría estación invernal y la aridez del lugar, Juan Diego encontró unas flores muy hermosas. Una vez recogidas las colocó en su «tilma» y se las llevó a la Virgen, que le mandó presentarlas al Sr. Obispo como prueba de veracidad. Una vez ante el obispo el Beato abrió su «tilma» y dejó caer las flores, mientras en el tejido apareció, inexplicablemente impresa, la imagen de la Virgen de Guadalupe, que desde aquel momento se convirtió en el corazón espiritual de la Iglesia en México.
El Beato, movido por una tierna y profunda devoción a la Madre de Dios, dejó los suyos, la casa, los bienes y su tierra y, con el permiso del Obispo, pasó a vivir en una pobre casa junto al templo de la «Señora del Cielo». Su preocupación era la limpieza de la capilla y la acogida de los peregrinos que visitaban el pequeño oratorio, hoy transformado en este grandioso templo, símbolo elocuente de la devoción mariana de los mexicanos a la Virgen de Guadalupe.
En espíritu de pobreza y de vida humilde Juan Diego recorrió el camino de la santidad, dedicando mucho de su tiempo a la oración, a la contemplación y a la penitencia. Dócil a la autoridad eclesiástica, tres veces por semana recibía la Santísima Eucaristía.
En la homilía que Vuestra Santidad pronunció el 6 de mayo de 1990 en este Santuario, indicó cómo «las noticias que de él nos han llegado elogian sus virtudes cristianas: su fe simple [...], su confianza en Dios y en la Virgen; su caridad, su coherencia moral, su desprendimiento y su pobreza evangélica. Llevando una vida de eremita, aquí cerca de Tepeyac, fue ejemplo de humildad» (Ibídem).
Juan Diego, laico fiel a la gracia divina, gozó de tan alta estima entre sus contemporáneos que éstos acostumbraban decir a sus hijos: «Que Dios os haga como Juan Diego».
Circundado de una sólida fama de santidad, murió en 1548.
Su memoria, siempre unida al hecho de la aparición de la Virgen de Guadalupe, ha atravesado los siglos, alcanzando la entera América, Europa y Asia.
En abril de 1990, en una solemne ceremonia en la Basílica de Guadalupe en México, el Santo Padre Juan Pablo II le declaró Beato, ante Vuestra Santidad fue promulgado en Roma el decreto «de vitae sanctitate et de cultu ab immemorabili tempore Servo Dei Ioanni Didaco praestito».
El 6 de mayo sucesivo, en esta Basílica, Vuestra Santidad presidió la solemne celebración en honor de Juan Diego, decorado con el título de Beato.
Precisamente en aquellos días, en esta misma arquidiócesis de Ciudad de México, tuvo lugar un milagro por intercesión de Juan Diego. Con él se abrió la puerta que ha conducido a la actual celebración, que el pueblo mexicano y toda la Iglesia viven en la alegría y la gratitud al Señor y a María por haber puesto en nuestro camino al Beato Juan Diego, que según las palabras de Vuestra Santidad, «representa todos los indígenas que reconocieron el evangelio de Jesús» (Ibídem).
Beatísimo Padre, la canonización de Juan Diego es un don extraordinario no sólo para la Iglesia en México, sino para todo el Pueblo de Dios.
Juan Pablo II proclamó públicamente la santidad de Juan Diego en una Solemne Misa de Canonización en la Basílica de la Virgen de la Guadalupe en México el 31 de julio, 2002. Su fiesta la fijó el mismo Santo Padre el 9 de diciembre porque ése “fue el día en que vió el Paraíso” (día de la primera aparición).
(Biografía del Vaticano)
Festejando a la Virgen María
Están todos invitados a la misa que se ofrecerá en honor a la Virgen María en la Parroquía Espíritu Santo el día Viernes 11 de Diciembre a las 20:00 hrs., aprovecharemos para cantarle las mañanitas con mariachi.
El 12 de Diciembre también tendremos misa en su honor para los que gusten acompañarnos nuevamente.
Nos gustaría mucho contar con su presencia.
Novena en Honor a la Inmaculada Concepción de María: 8 de Diciembre. MI MADRE: “He ahí a tu madre”.

8 de diciembre. MI MADRE: “He ahí a tu madre”.
Oración inicial: Oh Dios, que con la ayuda del Espíritu Santo preparaste el cuerpo y el alma de la Virgen María para que fuera digna morada de tu Hijo Jesús, ayúdame a mí también durante estos nueve días a purificar más mi alma de modo que Jesús esté más contento de mí. Madre mía, Inmaculada, San José mi Padre y Señor, Ángel de mi guarda, interceded por mí.
“Estaban junto a la cruz de Jesús su madre y la hermana de su madre, María de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y al discípulo a quien amaba, que estaba allí, dijo a su madre: Mujer, he ahí a tu hijo. Después dice al discípulo: He ahí a tu madre. Y desde aquel momento el discípulo la recibió en su casa” (Jn 19, 25-27).
María está al pie de la Cruz. No dice nada. Sólo acompaña a su Hijo en el sufrimiento. Querría haberle ahorrado todo eso, sufrir Ella en su lugar. ¡Tanto lo ama! No dice nada porque no puede, tiene el alma desgarrada. Se han cumplido las palabras de Simeón.
Juan está junto a Ella. Luego, la última “sorpresa” de Jesús: el cambio. “Dijo a su madre: Mujer, he ahí a tu hijo. Después dice al discípulo: He ahí a tu madre”. Jesús no quiere dejar sola a su Madre y le da un nuevo hijo, Juan. Jesús por Juan y, en Juan, estamos representados tú y yo. Jesús se cambia por la humanidad y, con tal pacto, convierte a su Madre en Madre de todos los hombres. Ese es su testamento. No le quedaba nada más por entregar. Poco después, cuando ya muerto le traspasen el costado, de él veremos brotar sangre y agua. Sale agua porque ya no le queda sangre que darnos; tan grande es el amor que nos tiene, que te tiene.
Ella no se queja con el cambio aunque, evidentemente, ha salido perdiendo. Desde ese momento, al adoptarnos como hijos, se compromete a ayudarnos para que el Espíritu Santo reproduzca en cada uno de nosotros la imagen fiel de su Hijo. Parece que nos susurra, muchas veces al día: pídeme, acude más a mi intercesión, ¿acaso no soy tu Madre? Acuérdate de lo que ocurrió en Caná. No tengas reparos en decirme lo que necesites. Ten confianza; háblame.
Por nuestra parte también nos comprometemos. San Juan la recibió en su casa y nosotros en la nuestra, en nuestra vida. Nos empeñamos por tanto en tratarla más; a meterla en todo lo que hagamos. Madre, quiero ser mejor hijo tuyo; me gustaría estar a la altura de tan gran don. Sé que has salido perdiendo con el cambio pero querría compensarte haciendo por mi parte todo lo que pueda para alegrarte.
Hoy acaba la Novena. Hemos pasado nueve días honrando a la Virgen por ser Inmaculada. Cuando los artistas de todos los tiempos la han querido retratar bajo esa advocación, Inmaculada, lo han hecho plasmando los rasgos de su Asunción. Curiosamente, han reflejado el principio de su vida -Inmaculada desde su concepción- con su final -la subida a los cielos-. Esta paradoja del arte cristiano muestra la fe del pueblo de Dios en que el privilegio divino de su Inmaculada Concepción fue correspondido por Ella de una manera fidelísima.
Madre mía, haz que yo también sea fiel hasta el final. Tú, que eres mi Abogada e Intercesora, llévame un día contigo al cielo. Sé que no me faltarán pruebas en esta vida; pero ojalá sepa permanecer al pie de la Cruz, fiel, perseverante, como Tú. Sé que, cuando llegue el momento, a mí tampoco me dejarás. Gracias, Madre: «eres toda hermosa y no hay en tí mancha» de pecado.
Para examinarte delante de Dios:
¿Acudo frecuentemente a la intercesión de la Virgen pidiéndole con la confianza con que pediría a mi madre de la tierra?
¿Soy consciente de que Ella puede mucho delante de Dios y de que está deseando echarme una mano?
¿Correspondo a su cariño y desvelos incorporando a mi vida algunas detalles que sé que le gustan, como el rezo del Rosario, del Angelus o de tres Avemarías todas las noches?
Oración final: María, Madre de gracia, Madre de piedad y de misericordia defiéndenos de nuestros enemigos y ampáranos ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Novena en Honor a la Inmaculada Concepción de María: 7 de diciembre. ORACIÓN: “Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la guardan”.

7 de diciembre. ORACIÓN: “Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la guardan”.
Oración inicial: Oh Dios, que con la ayuda del Espíritu Santo preparaste el cuerpo y el alma de la Virgen María para que fuera digna morada de tu Hijo Jesús, ayúdame a mí también durante estos nueve días a purificar más mi alma de modo que Jesús esté más contento de mí. Madre mía, Inmaculada, San José mi Padre y Señor, Ángel de mi guarda, interceded por mí.
“Sucedió que mientras él estaba diciendo todo esto, una mujer de en medio de la multitud, alzando la voz, le dijo: Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron. Pero él replicó: Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la guardan” (Lc 11, 27-28).
Jesús estaba predicando cuando una mujer, maravillada por lo que oía, alzó la voz y le echó un piropo. Ella quería alabar a Jesús y, para eso, escogió a María, como diciendo que si Él podía enseñar cosas tan maravillosas era porque su Madre lo trajo al mundo. ¡Cuántos piropos puedo yo echar hoy, vísperas de su gran fiesta, a mi Madre! Piropos a la Virgen que son piropos a Jesús pues Ella es toda de Dios.
El piropo iba dirigido a los lazos de sangre de Jesús, sin embargo Él aprovecha este detalle para elevarlo a un nivel superior, el de los lazos que crea el espíritu. María ya lo sabía, se lo había explicado su hijo cuando después de tres días de búsqueda lo encontró predicando en el Templo. Jesús vuelve a insistir sobre esa misma idea al recordarnos que bienaventurados son “más bien los que escuchan la palabra de Dios y la guardan”. Es decir, no es que su Madre no sea bienaventurada por haber respondido que “sí” al ángel; sino que lo es, sobre todo, por haber escuchado la palabra de Dios (que el mismo ángel le transmitió). Por eso, lo que aparentemente podría parecer una supresión del piropo se ha convertido en un doble piropo a María ya que ha sido su fe y docilidad a la palabra de Dios lo que le han llevado a pronunciar ese “sí”.
Esta corrección de Jesús nos enseña que Él premia lo interior sobre lo exterior, la belleza del alma frente a la del cuerpo, lo que realmente uno es sobre la imagen que los demás tienen de uno. Su alabanza nos anima a purificarnos de todo: a borrar de nuestra vida todo lo que haya de superficialidad, de frivolidad o de apariencia.
En otra ocasión se produjo un suceso parecido. “Vinieron a verle su madre y sus hermanos, y no podían acercarse a él a causa de la muchedumbre. Y le avisaron: Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte. El, respondiendo, les dijo: Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la palabra de Dios y la cumplen” (Lc 8, 19-21). No deja de ser sorprendente que Jesús ponga por encima de los lazos de su sangre el hecho de escuchar y cumplir su palabra, quienes esto hacen pueden verdaderamente considerarse miembros de su familia.
Jesús, yo quiero pertenecer a tu familia, para ello estoy dispuesto a perseverar en la oración. Sé que si tengo fe y persevero un día y otro en ese encuentro contigo, acabaré por distinguir tu voz. Para saber tu voluntad no espero que un ángel me visite; sé que la reconoceré donde Tú sueles hablar, en el silencio de mi corazón. Si no, ¿de donde salen esos buenos pensamientos que me vienen cuando leo el Evangelio? ¿De dónde provienen esos deseos de cambiar de vida o de ser más generoso? ¿Acaso son imaginación mía? Me gustaría, además, que me ayudases a cumplir tu palabra; es decir, a sacar adelante los propósitos que en nuestras conversaciones, juntos vamos concretando.
Para examinarte delante de Dios:
¿Dedico todos los días unos minutos a leer el Evangelio? ¿Lo escucho con atención en la Misa?
¿Persevero en la oración un día y otro, con ganas y sin ganas, con problemas y sin problemas?
¿Suelo sacar algún propósito concreto, grande o pequeño, de mis ratos de oración?
Oración final: María, Madre de gracia, Madre de piedad y de misericordia defiéndenos de nuestros enemigos y ampáranos ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Novena en Honor a la Inmaculada Concepción de María: 6 de Diciembre. VOLUNTAD DE DIOS: “Haced lo que él os diga”.

6 de diciembre. VOLUNTAD DE DIOS: “Haced lo que él os diga”.
Oración inicial: Oh Dios, que con la ayuda del Espíritu Santo preparaste el cuerpo y el alma de la Virgen María para que fuera digna morada de tu Hijo Jesús, ayúdame a mí también durante estos nueve días a purificar más mi alma de modo que Jesús esté más contento de mí. Madre mía, Inmaculada, San José mi Padre y Señor, Ángel de mi guarda, interceded por mí.
“Al tercer día se celebraron unas bodas en Caná de Galilea, y estaba allí la madre de Jesús. También fueron invitados a la boda Jesús y sus discípulos. Y, como faltase el vino, la madre de Jesús le dijo: No tienen vino. Jesús le respondió: Mujer, ¿qué nos va a ti y a mí? Todavía no ha llegado mi hora. Dijo su madre a los sirvientes: Haced lo que él os diga.
Había allí seis tinajas de piedra preparadas para las purificaciones de los judíos, cada una con capacidad de dos o tres metretas. Jesús les dijo: Llenad de agua las tinajas. Y las llenaron hasta arriba. Entonces les dijo: Sacad ahora y llevad al maestresala. Así lo hicieron. Cuando el maestresala probó el agua convertida en vino, sin saber de dónde provenía, aunque los sirvientes que sacaron el agua lo sabían, llamó al esposo y le dijo: Todos sirven primero el mejor vino, y cuando ya han bebido bien, el peor; tú, al contrario, has guardado el vino bueno hasta ahora. Así, en Caná de Galilea hizo Jesús el primero de sus milagros con el que manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él” (Jn 2, 1-11).
Jesús y María asisten a una boda. Ella, siempre servicial y pendiente de los demás, descubre que el vino no va a ser suficiente y, para que los esposos no queden mal ante los invitados, busca a su Hijo y se lo dice.
Jesús, que yo también me adelante a servir a los demás. A veces me doy cuenta de que falta algo, de que puedo ayudar más, echar una mano…; pero me vence la pereza y dejo que lo haga otro.
Jesús advierte a su Madre que todavía no es su hora (la hora prevista por su Padre para que se diese a conocer públicamente como Mesías haciendo milagros). Sin embargo, la Virgen insiste: tiene tal confianza en su Hijo que, sin necesidad de más palabras, se dirige directamente a los sirvientes: “haced lo que él os diga”.
María es Medianera de todas las gracias. Muchas veces acudimos a su intercesión para tratar de convencer a su Hijo más rápidamente, sabiendo que Jesús no puede negarle nada pues Ella siempre le dijo que sí.
La Virgen también nos dice hoy a nosotros: “haced lo que él os diga”. Nos remite a su Hijo y, ¿qué es lo que Dios quiere que hagamos? ¿cuál es su voluntad? “Esta es la volunta de Dios, vuestra santificación”. Jesús quiere que seamos santos, que no nos conformemos con ir tirando o con ser buenas personas. En esta palabra, “santidad”, nos lo jugamos todo: aquí está el porqué y el para qué de nuestra vida. Ser santo es difícil, no imposible. Lo mejor es que María está empeñada en ayudarnos, a echarnos una mano en lo que necesitemos, como con el vino de estos esposos el día de su boda.
Jesús hace el milagro. Los recién casados ni se dieron cuenta de que faltaba vino ni, probablemente, supieron de la intercesión poderosa de la Virgen. Los discípulos después de ver el milagro quedaron fortalecidos en la fe. Quizás Jesús lo hizo más por ellos, que le seguían desde hacía poco tiempo, que por los esposos.
Para examinarte delante de Dios:
¿Considero la santidad como la cosa más importante en mi vida? ¿Es mi objetivo principal, mi fin último?
¿Concreto los deseos de ser santo en algunos “encuentros” con Dios esparcidos a lo largo de mi jornada?
¿Antes de tomar alguna decisión más importante le pregunto a Dios si es ésa su voluntad?
Oración final: María, Madre de gracia, Madre de piedad y de misericordia defiéndenos de nuestros enemigos y ampáranos ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Novena en Honor a la Inmaculada Concepción de María:5 de diciembre. OBEDIENCIA: “¿No sabíais que es necesario que yo esté en las cosas de mi Padre?”.

5 de diciembre. OBEDIENCIA: “¿No sabíais que es necesario que yo esté en las cosas de mi Padre?”.
Oración inicial: Oh Dios, que con la ayuda del Espíritu Santo preparaste el cuerpo y el alma de la Virgen María para que fuera digna morada de tu Hijo Jesús, ayúdame a mí también durante estos nueve días a purificar más mi alma de modo que Jesús esté más contento de mí. Madre mía, Inmaculada, San José mi Padre y Señor, Ángel de mi guarda, interceded por mí.
“Sus padres iban todos los años a Jerusalén para la fiesta de la Pascua. Y cuando tuvo doce años, subieron a la fiesta, como era costumbre. Pasados aquellos días, al regresar, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo advirtiesen sus padres. Suponiendo que iba en la caravana, hicieron un día de camino buscándolo entre los parientes y conocidos, y como no lo encontrasen, retornaron a Jerusalén en busca suya. Y ocurrió que, al cabo de tres días, lo encontraron en el Templo, sentado en medio de los doctores, escuchándoles y preguntándoles. Cuantos le oían quedaban admirados de su sabiduría y de sus respuestas. Al verlo se maravillaron, y le dijo su madre: Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira cómo tu padre y yo, angustiados, te buscábamos. Y él les dijo: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que es necesario que yo esté en las cosas de mi Padre? Pero ellos no comprendieron lo que les dijo. Y bajó con ellos, y vino a Nazaret, y les estaba sujeto. Y su madre guardaba todas estas cosas en su corazón” (Lc 2, 41-51).
Jesús tiene doce o trece años cuando sube con sus padres a Jerusalén para celebrar la Pascua. Tras la fiesta, José y María lo han perdido de vista pero, pensando que está en la caravana con el resto de sus parientes, emprenden el camino de regreso. Pronto se dan cuenta de que Jesús no va con ellos. Vuelven entonces angustiados a Jerusalén y se pasan tres días buscándole.
Jesús, a mi me gustaría que, si alguna vez te pierdo por el pecado, salga en tu búsqueda con la misma prontitud que José y María; que recupere rápidamente tu presencia en mi alma a través de la confesión.
Al fin lo encuentran. Estaba “en el Templo, sentado en medio de los doctores, escuchándoles y preguntándoles”. María, de nuevo sorprendida, le pregunta con cariño: “Hijo, ¿por qué nos has hecho esto?”, que es distinto de “¿por qué me has hecho esto? Aunque Ella haya sufrido, y quizás más que José, piensa siempre en los demás.
Jesús, a veces cuando pierdo la paz y me angustio, pierdo de vista que los que me rodean también pueden tener sus problemas. Haz que, en medio de las contradicciones, no me olvide nunca de los demás.
La respuesta de Jesús sorprende de nuevo a María. “¿No sabíais que es necesario que yo esté en las cosas de mi Padre?”; es decir, ¿no sabíais que es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres? Qué bien entendieron esto los Apóstoles cuando, después de la Resurrección, ante las amenazas del Sumo Sacerdote y del Sanedrín para que no difundieran más el cristianismo, les respondieron con esas mismas palabras: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”.
No es que Jesús dijese a sus padres que ya no les iba a obedecer. De hecho el Evangelio nos cuenta que, acto seguido, “les estaba sujeto”; es decir, que les obedecía. Simplemente, quiso aprovechar el suceso para recordar un orden de prioridades: que la obediencia a ellos está detrás de la que debemos a Dios.
Para examinarte delante de Dios:
¿Cumplo con amor todos los mandamientos de la ley de Dios y los de su Santa Iglesia?
¿Obedezco a la primera y con buena cara a mis padres y superiores?
¿Cuando no entiendo algo que me mandan procuro, como la Virgen, hablarlo con Dios?
Oración final: María, Madre de gracia, Madre de piedad y de misericordia defiéndenos de nuestros enemigos y ampáranos ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.


