Comentario Evangelio del Día de Hoy

Comentario: Rev. D. Joan PUJOL i Balcells (La Seu d’Urgell, Lleida, España)

No he venido a llamar a justos, sino a pecadores.

Hoy celebramos la fiesta del apóstol y evangelista san Mateo. Él mismo nos cuenta en su Evangelio su conversión. Estaba sentado en el lugar donde recaudaban los impuestos y Jesús le invitó a seguirlo. Mateo —dice el Evangelio— «se levantó y le siguió» (Mt 9,9). Con Mateo llega al grupo de los Doce un hombre totalmente diferente de los otros apóstoles, tanto por su formación como por su posición social y riqueza. Su padre le había hecho estudiar economía para poder fijar el precio del trigo y del vino, de los peces que le traerían Pedro y Andrés y los hijos de Zebedeo y el de las perlas preciosas de que habla el Evangelio.

Su oficio, el de recaudador de impuestos, estaba mal visto. Quienes lo ejercían eran considerados publicanos y pecadores. Estaba al servicio del rey Herodes, señor de Galilea, un rey odiado por su pueblo y que el Nuevo Testamento nos lo presenta como un adúltero, el asesino de Juan Bautista y el que escarneció a Jesús el Viernes Santo. ¿Qué pensaría Mateo cuando iba a rendir cuentas al rey Herodes? La conversión de Mateo debía suponer una verdadera liberación, como lo demuestra el banquete al que invitó a los publicanos y pecadores. Fue su manera de demostrar el agradecimiento al Maestro por haber podido salir de una situación miserable y encontrar la verdadera felicidad. San Beda el Venerable, comentando la conversión de Mateo, escribe: «La conversión de un cobrador de impuestos da ejemplo de penitencia y de indulgencia a otros cobradores de impuestos y pecadores (…). En el primer instante de su conversión, atrae hacia Él, que es tanto como decir hacia la salvación, a todo un grupo de pecadores».

En su conversión se hace presente la misericordia de Dios como lo manifiestan las palabras de Jesús ante la crítica de los fariseos: «Misericordia quiero, que no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores» (Mt 9,13).

Reflexión Evangelio de Hoy 20/08/10

+ Reflexión Evangelio de Hoy “Mateo 22, 34-40″

Siempre me ha parecido interesante que siendo el primero y el más importante de los mandamientos el “amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente” sean muy pocas las personas que acuden al sacramento de la reconciliación a reconocer que han fallado a este mandamiento. Ciertamente, como dice Jesús, al fallar a cualquiera de los otros mandamientos estamos fallando a estos dos, sin embargo, esto puede ser un indicativo de qué lugar ocupa Dios en nuestro corazón y la relación que llevamos con él. Si haces un recuento de las últimas veces en que has acudido al sacramento, te darás cuenta de que la mayoría de las veces este está ocupado con alguna “falta recurrente”, que es el pecado que está distrayendo tu atención de la santidad, además habrás expuesto una serie de imperfecciones relacionadas con tu carácter y con el trato con los demás, pero sería bueno que tu próxima reconciliación sacramental la iniciaras diciendo: “Padre, me arrepiento de no amar a Dios con todo mi corazón, por ello no he orado lo suficiente y esto ha hecho que mi vida no se transforme, esto me ha llevado a pecar contra…” Cuando reconocemos que nuestra principal falta es no amar lo suficiente a Dios, inmediatamente nos daremos cuenta de cual o cuales son las causas de esto. Si nos ponemos a trabajar en ellas veremos que nuestras demás faltas irán desapareciendo de nuestra vida.

Permite que el amor de Dios llene hoy tu vida. Ábrele tu corazón.

Como María, todo por Jesús y para Jesús.

Pbro. Ernesto María Caro

Novena en Honor a la Inmaculada Concepción de María: 8 de Diciembre. MI MADRE: “He ahí a tu madre”.

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8 de diciembre. MI MADRE: “He ahí a tu madre”.

Oración inicial: Oh Dios, que con la ayuda del Espíritu Santo preparaste el cuerpo y el alma de la Virgen María para que fuera digna morada de tu Hijo Jesús, ayúdame a mí también durante estos nueve días a purificar más mi alma de modo que Jesús esté más contento de mí. Madre mía, Inmaculada, San José mi Padre y Señor, Ángel de mi guarda, interceded por mí.

“Estaban junto a la cruz de Jesús su madre y la hermana de su madre, María de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y al discípulo a quien amaba, que estaba allí, dijo a su madre: Mujer, he ahí a tu hijo. Después dice al discípulo: He ahí a tu madre. Y desde aquel momento el discípulo la recibió en su casa” (Jn 19, 25-27).

María está al pie de la Cruz. No dice nada. Sólo acompaña a su Hijo en el sufrimiento. Querría haberle ahorrado todo eso, sufrir Ella en su lugar. ¡Tanto lo ama! No dice nada porque no puede, tiene el alma desgarrada. Se han cumplido las palabras de Simeón.

Juan está junto a Ella. Luego, la última “sorpresa” de Jesús: el cambio. “Dijo a su madre: Mujer, he ahí a tu hijo. Después dice al discípulo: He ahí a tu madre”. Jesús no quiere dejar sola a su Madre y le da un nuevo hijo, Juan. Jesús por Juan y, en Juan, estamos representados tú y yo. Jesús se cambia por la humanidad y, con tal pacto, convierte a su Madre en Madre de todos los hombres. Ese es su testamento. No le quedaba nada más por entregar. Poco después, cuando ya muerto le traspasen el costado, de él veremos brotar sangre y agua. Sale agua porque ya no le queda sangre que darnos; tan grande es el amor que nos tiene, que te tiene.

Ella no se queja con el cambio aunque, evidentemente, ha salido perdiendo. Desde ese momento, al adoptarnos como hijos, se compromete a ayudarnos para que el Espíritu Santo reproduzca en cada uno de nosotros la imagen fiel de su Hijo. Parece que nos susurra, muchas veces al día: pídeme, acude más a mi intercesión, ¿acaso no soy tu Madre? Acuérdate de lo que ocurrió en Caná. No tengas reparos en decirme lo que necesites. Ten confianza; háblame.

Por nuestra parte también nos comprometemos. San Juan la recibió en su casa y nosotros en la nuestra, en nuestra vida. Nos empeñamos por tanto en tratarla más; a meterla en todo lo que hagamos. Madre, quiero ser mejor hijo tuyo; me gustaría estar a la altura de tan gran don. Sé que has salido perdiendo con el cambio pero querría compensarte haciendo por mi parte todo lo que pueda para alegrarte.

Hoy acaba la Novena. Hemos pasado nueve días honrando a la Virgen por ser Inmaculada. Cuando los artistas de todos los tiempos la han querido retratar bajo esa advocación, Inmaculada, lo han hecho plasmando los rasgos de su Asunción. Curiosamente, han reflejado el principio de su vida -Inmaculada desde su concepción- con su final -la subida a los cielos-. Esta paradoja del arte cristiano muestra la fe del pueblo de Dios en que el privilegio divino de su Inmaculada Concepción fue correspondido por Ella de una manera fidelísima.

Madre mía, haz que yo también sea fiel hasta el final. Tú, que eres mi Abogada e Intercesora, llévame un día contigo al cielo. Sé que no me faltarán pruebas en esta vida; pero ojalá sepa permanecer al pie de la Cruz, fiel, perseverante, como Tú. Sé que, cuando llegue el momento, a mí tampoco me dejarás. Gracias, Madre: «eres toda hermosa y no hay en tí mancha» de pecado.

Para examinarte delante de Dios:

¿Acudo frecuentemente a la intercesión de la Virgen pidiéndole con la confianza con que pediría a mi madre de la tierra?

¿Soy consciente de que Ella puede mucho delante de Dios y de que está deseando echarme una mano?

¿Correspondo a su cariño y desvelos incorporando a mi vida algunas detalles que sé que le gustan, como el rezo del Rosario, del Angelus o de tres Avemarías todas las noches?

Oración final: María, Madre de gracia, Madre de piedad y de misericordia defiéndenos de nuestros enemigos y ampáranos ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Novena en Honor a la Inmaculada Concepción de María: 7 de diciembre. ORACIÓN: “Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la guardan”.

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7 de diciembre. ORACIÓN: “Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la guardan”.

Oración inicial: Oh Dios, que con la ayuda del Espíritu Santo preparaste el cuerpo y el alma de la Virgen María para que fuera digna morada de tu Hijo Jesús, ayúdame a mí también durante estos nueve días a purificar más mi alma de modo que Jesús esté más contento de mí. Madre mía, Inmaculada, San José mi Padre y Señor, Ángel de mi guarda, interceded por mí.

“Sucedió que mientras él estaba diciendo todo esto, una mujer de en medio de la multitud, alzando la voz, le dijo: Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron. Pero él replicó: Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la guardan” (Lc 11, 27-28).

Jesús estaba predicando cuando una mujer, maravillada por lo que oía, alzó la voz y le echó un piropo. Ella quería alabar a Jesús y, para eso, escogió a María, como diciendo que si Él podía enseñar cosas tan maravillosas era porque su Madre lo trajo al mundo. ¡Cuántos piropos puedo yo echar hoy, vísperas de su gran fiesta, a mi Madre! Piropos a la Virgen que son piropos a Jesús pues Ella es toda de Dios.

El piropo iba dirigido a los lazos de sangre de Jesús, sin embargo Él aprovecha este detalle para elevarlo a un nivel superior, el de los lazos que crea el espíritu. María ya lo sabía, se lo había explicado su hijo cuando después de tres días de búsqueda lo encontró predicando en el Templo. Jesús vuelve a insistir sobre esa misma idea al recordarnos que bienaventurados son “más bien los que escuchan la palabra de Dios y la guardan”. Es decir, no es que su Madre no sea bienaventurada por haber respondido que “sí” al ángel; sino que lo es, sobre todo, por haber escuchado la palabra de Dios (que el mismo ángel le transmitió). Por eso, lo que aparentemente podría parecer una supresión del piropo se ha convertido en un doble piropo a María ya que ha sido su fe y docilidad a la palabra de Dios lo que le han llevado a pronunciar ese “sí”.

Esta corrección de Jesús nos enseña que Él premia lo interior sobre lo exterior, la belleza del alma frente a la del cuerpo, lo que realmente uno es sobre la imagen que los demás tienen de uno. Su alabanza nos anima a purificarnos de todo: a borrar de nuestra vida todo lo que haya de superficialidad, de frivolidad o de apariencia.

En otra ocasión se produjo un suceso parecido. “Vinieron a verle su madre y sus hermanos, y no podían acercarse a él a causa de la muchedumbre. Y le avisaron: Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte. El, respondiendo, les dijo: Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la palabra de Dios y la cumplen” (Lc 8, 19-21). No deja de ser sorprendente que Jesús ponga por encima de los lazos de su sangre el hecho de escuchar y cumplir su palabra, quienes esto hacen pueden verdaderamente considerarse miembros de su familia.

Jesús, yo quiero pertenecer a tu familia, para ello estoy dispuesto a perseverar en la oración. Sé que si tengo fe y persevero un día y otro en ese encuentro contigo, acabaré por distinguir tu voz. Para saber tu voluntad no espero que un ángel me visite; sé que la reconoceré donde Tú sueles hablar, en el silencio de mi corazón. Si no, ¿de donde salen esos buenos pensamientos que me vienen cuando leo el Evangelio? ¿De dónde provienen esos deseos de cambiar de vida o de ser más generoso? ¿Acaso son imaginación mía? Me gustaría, además, que me ayudases a cumplir tu palabra; es decir, a sacar adelante los propósitos que en nuestras conversaciones, juntos vamos concretando.

Para examinarte delante de Dios:

¿Dedico todos los días unos minutos a leer el Evangelio? ¿Lo escucho con atención en la Misa?

¿Persevero en la oración un día y otro, con ganas y sin ganas, con problemas y sin problemas?

¿Suelo sacar algún propósito concreto, grande o pequeño, de mis ratos de oración?

Oración final: María, Madre de gracia, Madre de piedad y de misericordia defiéndenos de nuestros enemigos y ampáranos ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Novena en Honor a la Inmaculada Concepción de María: 6 de Diciembre. VOLUNTAD DE DIOS: “Haced lo que él os diga”.

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6 de diciembre. VOLUNTAD DE DIOS: “Haced lo que él os diga”.

Oración inicial: Oh Dios, que con la ayuda del Espíritu Santo preparaste el cuerpo y el alma de la Virgen María para que fuera digna morada de tu Hijo Jesús, ayúdame a mí también durante estos nueve días a purificar más mi alma de modo que Jesús esté más contento de mí. Madre mía, Inmaculada, San José mi Padre y Señor, Ángel de mi guarda, interceded por mí.

“Al tercer día se celebraron unas bodas en Caná de Galilea, y estaba allí la madre de Jesús. También fueron invitados a la boda Jesús y sus discípulos. Y, como faltase el vino, la madre de Jesús le dijo: No tienen vino. Jesús le respondió: Mujer, ¿qué nos va a ti y a mí? Todavía no ha llegado mi hora. Dijo su madre a los sirvientes: Haced lo que él os diga.

Había allí seis tinajas de piedra preparadas para las purificaciones de los judíos, cada una con capacidad de dos o tres metretas. Jesús les dijo: Llenad de agua las tinajas. Y las llenaron hasta arriba. Entonces les dijo: Sacad ahora y llevad al maestresala. Así lo hicieron. Cuando el maestresala probó el agua convertida en vino, sin saber de dónde provenía, aunque los sirvientes que sacaron el agua lo sabían, llamó al esposo y le dijo: Todos sirven primero el mejor vino, y cuando ya han bebido bien, el peor; tú, al contrario, has guardado el vino bueno hasta ahora. Así, en Caná de Galilea hizo Jesús el primero de sus milagros con el que manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él” (Jn 2, 1-11).

Jesús y María asisten a una boda. Ella, siempre servicial y pendiente de los demás, descubre que el vino no va a ser suficiente y, para que los esposos no queden mal ante los invitados, busca a su Hijo y se lo dice.

Jesús, que yo también me adelante a servir a los demás. A veces me doy cuenta de que falta algo, de que puedo ayudar más, echar una mano…; pero me vence la pereza y dejo que lo haga otro.

Jesús advierte a su Madre que todavía no es su hora (la hora prevista por su Padre para que se diese a conocer públicamente como Mesías haciendo milagros). Sin embargo, la Virgen insiste: tiene tal confianza en su Hijo que, sin necesidad de más palabras, se dirige directamente a los sirvientes: “haced lo que él os diga”.

María es Medianera de todas las gracias. Muchas veces acudimos a su intercesión para tratar de convencer a su Hijo más rápidamente, sabiendo que Jesús no puede negarle nada pues Ella siempre le dijo que sí.

La Virgen también nos dice hoy a nosotros: “haced lo que él os diga”. Nos remite a su Hijo y, ¿qué es lo que Dios quiere que hagamos? ¿cuál es su voluntad? “Esta es la volunta de Dios, vuestra santificación”. Jesús quiere que seamos santos, que no nos conformemos con ir tirando o con ser buenas personas. En esta palabra, “santidad”, nos lo jugamos todo: aquí está el porqué y el para qué de nuestra vida. Ser santo es difícil, no imposible. Lo mejor es que María está empeñada en ayudarnos, a echarnos una mano en lo que necesitemos, como con el vino de estos esposos el día de su boda.

Jesús hace el milagro. Los recién casados ni se dieron cuenta de que faltaba vino ni, probablemente, supieron de la intercesión poderosa de la Virgen. Los discípulos después de ver el milagro quedaron fortalecidos en la fe. Quizás Jesús lo hizo más por ellos, que le seguían desde hacía poco tiempo, que por los esposos.

Para examinarte delante de Dios:

¿Considero la santidad como la cosa más importante en mi vida? ¿Es mi objetivo principal, mi fin último?

¿Concreto los deseos de ser santo en algunos “encuentros” con Dios esparcidos a lo largo de mi jornada?

¿Antes de tomar alguna decisión más importante le pregunto a Dios si es ésa su voluntad?

Oración final: María, Madre de gracia, Madre de piedad y de misericordia defiéndenos de nuestros enemigos y ampáranos ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Novena en Honor a la Inmaculada Concepción de María:5 de diciembre. OBEDIENCIA: “¿No sabíais que es necesario que yo esté en las cosas de mi Padre?”.

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5 de diciembre. OBEDIENCIA: “¿No sabíais que es necesario que yo esté en las cosas de mi Padre?”.

Oración inicial: Oh Dios, que con la ayuda del Espíritu Santo preparaste el cuerpo y el alma de la Virgen María para que fuera digna morada de tu Hijo Jesús, ayúdame a mí también durante estos nueve días a purificar más mi alma de modo que Jesús esté más contento de mí. Madre mía, Inmaculada, San José mi Padre y Señor, Ángel de mi guarda, interceded por mí.

“Sus padres iban todos los años a Jerusalén para la fiesta de la Pascua. Y cuando tuvo doce años, subieron a la fiesta, como era costumbre. Pasados aquellos días, al regresar, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo advirtiesen sus padres. Suponiendo que iba en la caravana, hicieron un día de camino buscándolo entre los parientes y conocidos, y como no lo encontrasen, retornaron a Jerusalén en busca suya. Y ocurrió que, al cabo de tres días, lo encontraron en el Templo, sentado en medio de los doctores, escuchándoles y preguntándoles. Cuantos le oían quedaban admirados de su sabiduría y de sus respuestas. Al verlo se maravillaron, y le dijo su madre: Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira cómo tu padre y yo, angustiados, te buscábamos. Y él les dijo: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que es necesario que yo esté en las cosas de mi Padre? Pero ellos no comprendieron lo que les dijo. Y bajó con ellos, y vino a Nazaret, y les estaba sujeto. Y su madre guardaba todas estas cosas en su corazón” (Lc 2, 41-51).

Jesús tiene doce o trece años cuando sube con sus padres a Jerusalén para celebrar la Pascua. Tras la fiesta, José y María lo han perdido de vista pero, pensando que está en la caravana con el resto de sus parientes, emprenden el camino de regreso. Pronto se dan cuenta de que Jesús no va con ellos. Vuelven entonces angustiados a Jerusalén y se pasan tres días buscándole.

Jesús, a mi me gustaría que, si alguna vez te pierdo por el pecado, salga en tu búsqueda con la misma prontitud que José y María; que recupere rápidamente tu presencia en mi alma a través de la confesión.

Al fin lo encuentran. Estaba “en el Templo, sentado en medio de los doctores, escuchándoles y preguntándoles”. María, de nuevo sorprendida, le pregunta con cariño: “Hijo, ¿por qué nos has hecho esto?”, que es distinto de “¿por qué me has hecho esto? Aunque Ella haya sufrido, y quizás más que José, piensa siempre en los demás.

Jesús, a veces cuando pierdo la paz y me angustio, pierdo de vista que los que me rodean también pueden tener sus problemas. Haz que, en medio de las contradicciones, no me olvide nunca de los demás.

La respuesta de Jesús sorprende de nuevo a María. “¿No sabíais que es necesario que yo esté en las cosas de mi Padre?”; es decir, ¿no sabíais que es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres? Qué bien entendieron esto los Apóstoles cuando, después de la Resurrección, ante las amenazas del Sumo Sacerdote y del Sanedrín para que no difundieran más el cristianismo, les respondieron con esas mismas palabras: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”.

No es que Jesús dijese a sus padres que ya no les iba a obedecer. De hecho el Evangelio nos cuenta que, acto seguido, “les estaba sujeto”; es decir, que les obedecía. Simplemente, quiso aprovechar el suceso para recordar un orden de prioridades: que la obediencia a ellos está detrás de la que debemos a Dios.

Para examinarte delante de Dios:

¿Cumplo con amor todos los mandamientos de la ley de Dios y los de su Santa Iglesia?

¿Obedezco a la primera y con buena cara a mis padres y superiores?

¿Cuando no entiendo algo que me mandan procuro, como la Virgen, hablarlo con Dios?

Oración final: María, Madre de gracia, Madre de piedad y de misericordia defiéndenos de nuestros enemigos y ampáranos ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Novena en Honor a la Inmaculada Concepción de María: 4 de Diciembre. SACRIFICIO: “Una espada traspasará tu alma”.

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4 de diciembre. SACRIFICIO: “Una espada traspasará tu alma”.

Oración inicial: Oh Dios, que con la ayuda del Espíritu Santo preparaste el cuerpo y el alma de la Virgen María para que fuera digna morada de tu Hijo Jesús, ayúdame a mí también durante estos nueve días a purificar más mi alma de modo que Jesús esté más contento de mí. Madre mía, Inmaculada, San José mi Padre y Señor, Ángel de mi guarda, interceded por mí.

“Había por entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón. Este hombre, justo y temeroso de Dios, esperaba la consolación de Israel, y el Espíritu Santo estaba en él. Había recibido la revelación del Espíritu Santo de que no moriría antes de ver al Cristo del Señor. Así, vino al Templo movido por el Espíritu. Y al entrar con el niño Jesús sus padres, para cumplir lo que prescribía la Ley sobre él, lo tomó en sus brazos, y bendijo a Dios diciendo: Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz, según tu palabra: porque mis ojos han visto a tu Salvador, al que has preparado ante la faz de todos los pueblos: luz que ilumine a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel. Su padre y su madre estaban admirados por las cosas que se decían acerca de él. Simeón los bendijo, y dijo a María, su madre: Mira, éste ha sido puesto para ruina y resurrección de muchos en Israel, y para signo de contradicción y una espada traspasará tu alma, a fin de que se descubran los pensamientos de muchos corazones” (Lc 2, 25-35).

José y María se acercan con el Niño al Templo. La Virgen tiene, según la ley judía, que purificarse. Ella, que es la Inmaculada, no necesita purificarse pero obedece lo que está previsto. Allí se encuentran con un anciano de nombre Simeón. Dios le había revelado que no moriría sin ver antes al Mesías. Por eso, cuando toma al Niño en sus brazos, siente que ese momento ha llegado y exclama:”Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz, según tu palabra: porque mis ojos han visto a tu Salvador”. Simeón también buscaba el rostro de Dios y Dios le concedió verlo. Además lo reconoce como quien es: el Salvador de los hombres.

Acto seguido dirige a María unas palabras proféticas. Estamos ante otra de esas “sorpresas” divinas; sin embargo ésta tiene un sabor amargo. A la alegría y admiración de María al ver la cara de Simeón se une el anuncio de un gran dolor. Curiosamente, alegría y dolor se unen una vez más en su alma: ambos están más cerca de lo que, a veces, pensamos pues, en el fondo, el amor es para el sacrificio.

Simeón anuncia a María el dolor que padecerá al pie de la Cruz al contemplar la muerte de su Hijo, la huída de casi todos los apóstoles, los insultos del pueblo judío, la flagelación y la coronación de espinas por parte de los soldados romanos… Es la hora de la gran prueba. Jesús está solo. Lo abandonan también todos aquellos que se habían beneficiado de sus milagros: cojos, ciegos, leprosos, etc. Es el fracaso del amor de Dios por los hombres; pero se trata sólo de un fracaso aparente. Cristo vence en la Cruz. Su muerte nos rescata del pecado. Él muere para que nosotros no pequemos más y, un día, resucitemos con Él.

Jesús, ayúdame a ser fiel en el dolor, ante los problemas y también cuando las cosas no salen como yo quiero. Que yo imite en esto a tu Madre.

María sabe que Dios prueba así el amor de sus amigos preferidos. A los que Él más quiere, a veces, los purifica más. Ellos aguantan y sufren en silencio porque Dios les ha hecho entender el valor de sacrificio escondido y silencioso. Y así, de su conducta, Él puede sacar más bienes para todo el mundo.

Para examinarte delante de Dios:

¿Afronto el dolor y las dificultades con buena cara?

¿Procuro ofrecer a Dios todos los días pequeños sacrificios?

¿Me acuerdo cuando asisto a Misa de unir al sacrificio de Cristo en la Cruz todas los problemas y contradicciones que en ese momento tengo?

Oración final: María, Madre de gracia, Madre de piedad y de misericordia defiéndenos de nuestros enemigos y ampáranos ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Novena en Honor a la Inmaculada Concepción de María: 3 de Diciembre. PRESENCIA DE DIOS: “Guardaba todas estas cosas ponderándolas en su corazón”.

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3 de Diciembre. PRESENCIA DE DIOS: “Guardaba todas estas cosas ponderándolas en su corazón”.

Oración inicial: Oh Dios, que con la ayuda del Espíritu Santo preparaste el cuerpo y el alma de la Virgen María para que fuera digna morada de tu Hijo Jesús, ayúdame a mí también durante estos nueve días a purificar más mi alma de modo que Jesús esté más contento de mí. Madre mía, Inmaculada, San José mi Padre y Señor, Ángel de mi guarda, interceded por mí.

“Había unos pastores por aquellos contornos, que dormían al raso y vigilaban por turno su rebaño durante la noche. De improviso un ángel del Señor se les presentó, y la gloria del Señor los rodeó de luz y se llenaron de un gran temor. El ángel les dijo: No temáis, pues vengo a anunciaros una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: hoy os ha nacido, en la ciudad de David, el Salvador, que es el Cristo, el Señor; y esto os servirá de señal: encontraréis a un niño envuelto en pañales y reclinado en un pesebre. De pronto apareció junto al ángel una muchedumbre de la milicia celestial, que alababa a Dios diciendo: Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad. Luego que los ángeles se apartaron de ellos hacia el cielo, los pastores se decían unos a otros: Vayamos hasta Belén, y veamos este hecho que acaba de suceder y que el Señor nos ha manifestado. Y vinieron presurosos, y encontraron a María y a José y al niño reclinado en el pesebre. Al verlo, reconocieron las cosas que les habían sido anunciadas acerca de este niño. Y todos los que escucharon se maravillaron de cuanto los pastores les habían dicho. María guardaba todas estas cosas ponderándolas en su corazón” (Lc 2, 8-19).

Este pasaje lo leemos todas las Navidades y, efectivamente, quedan ya muy pocos días para celebrar esa gran fiesta: el Nacimiento de Jesús. Seguro que María se preparó muy bien para ese momento. ¡Cuánto lo había deseado! ¡Ver cara a cara a Jesús! ¡Un Dios con rostro humano!

Tal actitud, el deseo de ver el rostro de Dios, es ya un primer inicio de oración. Después de recogernos y ponernos en presencia de Dios deberíamos buscar su cara. Señor, ¡quiero ver tu rostro! Me gusta imaginarme tu mirada, tus rasgos… Cuando hago oración no estoy hablando al vacío o a un bloque de mármol, sino a una persona con ojos, nariz, orejas, boca… Buscando tu rostro encontraré el mío. Me ayudarás entonces a quitarme todas las máscaras, las caretas, a despojarme de todo lo artificial que hay en mí, a quedarme sólo con lo auténtico.

María anhelaba ver al Niño. Jesús, que yo te busque más durante mi jornada, dame ese anhelo, esa presencia tuya; recuérdame que siempre me ves, que me oyes. Así, poco a poco, iré haciendo de mi vida un diálogo continuo, un diálogo divino en medio de las cosas de todos los días.

Al igual que un día a Ella se le apareció un ángel, lo mismo ocurre ese día a unos pastores -de esos que se cuentan entre los humildes del Magníficat-. Los ángeles les anuncian el inminente nacimiento de nuestro Salvador. Y, al igual que María se puso en camino hacia la casa de su prima Isabel, los pastores se encaminan hacia Belén. Llegan al portal y allí encuentran a Jesús: el Rey del Mundo, el Creador del universo. Está envuelto en pañales y recostado en un pesebre. Felicitan a María y a José. Adoran al Niño.

Adorarte Jesús, buscarte y reconocerte. Señor mío, que yo siempre, delante de Ti, me vea niño, un niño muy pequeño, como apareciste Tú ese día ante el mundo (representado en un pequeño grupo de pastores). De esta manera nunca olvidaré que soy muy poca cosa, que sólo Tú eres grande.

María está muy contenta. No se esperaba esa visita: fue una sorpresa. Al igual que hará el resto de su vida ante las “sorpresas” divinas, Ella guardará todas esas cosas ponderándolas en su corazón, es decir, las hablará con Dios.

Para examinarte delante de Dios:

¿Cómo reacciono antes los problemas, imprevistos y dificultades? ¿Me desanimo, pierdo la paz y me entristezco, o trato -como la Virgen- de ver qué me pide Dios con ellos?

¿Tengo algunos “pequeños trucos” para acordarme más de Dios durante el día?

¿Al meditar el Evangelio, al hacer oración, busco el rostro de Dios, trato de imaginarme su cara?

Oración final: María, Madre de gracia, Madre de piedad y de misericordia defiéndenos de nuestros enemigos y ampáranos ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Novena en Honor a la Inmaculada Concepción de María: 2 de Diciembre. HUMILDAD: “Porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava; por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones”.

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2 de Diciembre. HUMILDAD: “Porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava; por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones”.

Oración inicial: Oh Dios, que con la ayuda del Espíritu Santo preparaste el cuerpo y el alma de la Virgen María para que fuera digna morada de tu Hijo Jesús, ayúdame a mí también durante estos nueve días a purificar más mi alma de modo que Jesús esté más contento de mí. Madre mía, Inmaculada, San José mi Padre y Señor, Ángel de mi guarda, interceded por mí.

“María exclamó: Glorifica mi alma al Señor, y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador: porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava; por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones. Porque ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso, cuyo nombre es Santo; su misericordia se derrama de generación en generación sobre aquellos que le temen. Manifestó el poder de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón. Derribó a los poderosos de su trono y ensalzó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y a los ricos los despidió vacíos. Acogió a Israel su siervo, recordando su misericordia, según como había prometido a nuestros padres, Abrahán y su descendencia para siempre” (Lc 1, 46-55).

Ya le había dicho al ángel que era la esclava de su Dios, que estaba dispuesta a hacer lo que Dios le pidiese en cualquier momento. María es muy humilde y por eso Dios la quiere tanto y le concede tantas gracias. Con esa actitud y esa obediencia borra la conducta de Eva, quien desobedeció comiendo del fruto prohibido. María se convierte así en la nueva Eva, la nueva Madre de todos los hombres.

A las felicitaciones de su prima responde con un canto, el Magnificat, en donde nos cuenta cómo Dios se ha volcado con Ella y, también, con todos los humildes, es decir, con todos aquellos que se someten a su voluntad; con los que le temen, con los que le aman, con los pobres. Con todos estos Dios hace cosas grandes, pues no se consideran autosuficientes sino deudores permanentes de su gracia.

Señor, haz que yo sea más humilde: que no trate siempre de salirme con la mía, que “dé el brazo a torcer”, que sepa tener paciencia para escuchar a los demás; que no me excuse cuando me reprenden, que no me compare con los demás, que perdone rápidamente y sin guardar rencor, incluso sin esperar a que la otra persona me lo pida.

“Porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava; por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones”. Con estas palabras María se adelanta a los tiempos. Esta frase es una profecía. Tantas y tantas generaciones, desde hace muchos años, le han cantado y llamado “bienaventurada”. Bien lo sabía Ella: Dios es siempre muy buen pagador y lo poco o lo mucho que hagamos por Él en esta vida, lo poco o mucho que le demos, nos lo devolverá con creces.

Qué absurdo resulta entonces vanagloriarse por tener unas cualidades u otras, por ser más listo, o más simpático o más valiente que los demás. Cuando obramos así nos olvidamos de que todos nuestros dones son suyos. Jesús, desde ahora los pongo a tu servicio. Tú me los has dado, tuyos son. Yo… “no soy nada, no puedo nada, no tengo nada”… sin Ti.

El Magnificat de María nos revela uno de los grandes misterios del cristianismo: que para ganar hay que perder, que para vivir hay que morir, que para reinar hay que servir; porque, en la lógica de Dios, los últimos son los primeros, los pobres y desvalidos, los enfermos y los niños son… sus favoritos.

Para examinarte delante de Dios:

¿Perdono siempre con prontitud y de verdad, sin guardar rencor?

¿Acostumbro a dar gracias a Dios por todos los dones que me ha concedido, pocos o muchos, o sólo me dirijo a Él cuando necesito algo?

¿Me enfado frecuentemente? ¿Suelo dejar “lo mejor” para los demás?

Oración final: María, Madre de gracia, Madre de piedad y de misericordia defiéndenos de nuestros enemigos y ampáranos ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Novena en Honor a la Inmaculada Concepción de María: 1 de Diciembre. FE: “Bienaventurada tú que has creído”

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1 de Diciembre. FE: “Bienaventurada tú que has creído”

Oración inicial: Oh Dios, que con la ayuda del Espíritu Santo preparaste el cuerpo y el alma de la Virgen María para que fuera digna morada de tu Hijo Jesús, ayúdame a mí también durante estos nueve días a purificar más mi alma de modo que Jesús esté más contento de mí. Madre mía, Inmaculada, San José mi Padre y Señor, Ángel de mi guarda, interceded por mí.

“Por aquellos días, María se levantó, y marchó deprisa a la montaña, a una ciudad de Judá; y entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y en cuanto oyó Isabel el saludo de María, el niño saltó de gozo en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo; y exclamando en voz alta, dijo: Bendita tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. ¿De dónde a mí tanto bien, que la madre de mi Señor venga a visitarme? Pues en cuanto llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno; y bienaventurada tú que has creído, porque se cumplirán las cosas que se te han dicho de parte del Señor (…). María permaneció con ella unos tres meses, y se volvió a su casa” (Lc 1, 39-45, 56).

Su prima Isabel espera un niño. ¡Es un milagro! Después de tanto tiempo… María se entera y se pone en camino para ayudarla. También ella espera a Jesús, lo nota ya en su vientre; es decir, ella también tiene que preparar cosas… Pero no importa: ahora puede ayudar a su prima y lo hace desinteresadamente, con gusto, sin ni siquiera pensar si también a Ella, cuando llegue el momento de dar a luz, la ayudarán.

Señor, que yo también eche una mano a los demás cuando me dé cuenta de que necesitan algo, sin pararme a considerar si ellos primero me han ayudado o si me podrán ayudar después. Que sirva a los demás, desinteresadamente, con alegría, por amor a Ti.

Isabel se alegra al verla y sale presurosa a su encuentro. Se lo agradece mucho y también San Juan Bautista que está en su seno. Al acercarse a María, ambos perciben la presencia de Jesús, como diciéndonos que si nosotros servimos con la misma disponibilidad de la Virgen, los demás podrán también percibir en nosotros la presencia de Cristo.

Isabel deduce entonces que su prima es la elegida, la Madre de Dios, y por eso la alaba: “Bendita tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre”. Son las mismas palabras que rezamos en la segunda parte del Ave María. Y si bien podríamos felicitar a María por tantas cosas, su prima lo hace por su fe: “bienaventurada tú que has creído”. María ha creído. Han pasado ya algunos días desde lo del ángel pero, cada vez que lo medita, no acaba de salir de su asombro. Por una parte era fácil creer pues un ángel uno no lo ve todos los días; pero por otra parte…, no resulta tan sencillo. El ángel se le apareció un día y se fue: no todos los días goza una de ese favor divino. Me corrijo: goza de un favor mucho mayor pues si bien el ángel se ha ido, en su vientre ahora está Jesús. Se han anticipado en Ella esas palabras que su Hijo, a punto de abandonar su presencia visible entre nosotros, dirigió a los apóstoles: “yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”.

Jesús, ¡auméntame la fe! Hoy te diré estas palabras muchas veces. Que sepa valorar más tu presencia en mi alma en gracia y me prepare mejor para recibirte en la Misa. Auméntame la fe para redescubrirte cada día en la Eucaristía. Cuando comulgo yo también, como María, te llevo dentro de mí.

Para examinarte delante de Dios:

¿Tengo espíritu de servicio en casa, con mis padres y hermanos; en el trabajo, con mis compañeros y amigos?

¿Saludo todos los días a Jesús en el Sagrario, diciéndole algo desde la calle o desde el coche, cada vez que descubro una Iglesia?

¿Procuro recibir al Señor en la Eucaristía con la ilusión del día de mi Primera Comunión o como si pudiese recibirle sólo una vez en la vida?

Oración final: María, Madre de gracia, Madre de piedad y de misericordia defiéndenos de nuestros enemigos y ampáranos ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.